Ahora sí. Después de varias jornadas de muchas horas de ruta por día, llegué al desierto. Y la ruta me provoca sentimientos muy encontrados.
Por un lado me muero de miedo, porque es como estar muchas horas en un juego de parque de diversiones mezcla de montaña rusa, autitos chocadores y tren fantasma. Un parque de diversiones que de divertido no tiene nada, y desde que me subo no veo la hora de llegar. Con suerte hay dos carriles, uno de ida y otro de vuelta, pero rara vez se respeta la mano en la que se tiene que ir (a veces hay un solo carril, y ahí arreglatelas como puedas). Algunas carreteras están muy bien y otras muy desastrosas, pero en unas y otras los autos se pasan sin mirar demasiado quién viene de frente (y siempre viene alguien de frente, muchas veces camiones, que son tan graciosos que no se corren hasta que no están a unos cinco metros, y te clavan la bocina de manera tal que sentís que te la vas a poner en cualquier momento). Al tránsito y las bocinas hay que sumarle todo tipo de animales que andan por la ruta como pancho por su casa, la mayoría de las veces vacas no muy decididas a correrse del camino. La mayoría de las vacas en estas partes del mundo tienen joroba; debe ser porque por estas tierras los camellos son muy lindos. Lo que no sé es si las vacas deformes también serán sagradas.
Pienso al menos una vez por minuto en pedirle a mi chofer si puede tocar un poco menos la bocina, pero me digo que mejor no meterme, que acá se estila así. Aparte no me entendería, porque él no habla inglés y yo definitivamente no hablo hindi. Todo lo que le entendí fue el primer día, que me preguntó "what's your business, ma'am?" Business? Madam? Lo qué? Para entender preguntas de ese tipo mejor no entender nada. Así que a partir de hoy decidí ponerme música bien fuerte y violenta mientras esté en la ruta, como la situación amerita, y se acabó la historia de la bocina.
Pero por otro lado me gusta. Es todo tan colorido y distinto, y hay tanta gente al costado del camino, que no es muy difícil abstraerse de la violencia de la ruta. Hasta los espantapájaros tienen turbantes de colores. Es tan lindo pasar por los pueblos, con todos sus animales sueltos, y toda su gente alrededor como si ahí no hubiese ninguna ruta. Cuando pasamos por estos poblados la gente me mira sorprendida, algunos me sonríen y me saludan, porque estamos todos de acuerdo en que acá la distinta soy yo. Yo bajo la ventanilla, sonrío, los saludo, me lleno la cara de polvo y sol recalcitrante, y quiero que la ruta no se termine nunca.
viernes, 1 de febrero de 2013
La ruta (o cómo llegar al desierto)
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